03 junio 2014

Mensaje desde Medjugorje JUNIO 2 2014 ( con comentario del mensaje)


Mensaje del 2 de junio de 2014

“Queridos hijos, os llamo a todos y os acepto como hijos mios. Oro para que vosotros me aceptéis y me améis como Madre. Os he unido a todos vosotros en mi Corazón, he descendido entre vosotros y os bendigo. 

Sé que vosotros deseáis de mí consuelo y esperanza, porque os amo e intercedo por vosotros. Yo os pido a vosotros que os unáis conmigo en mi Hijo y seáis mis apóstoles. Para que podáis hacerlo, os invito de nuevo a amar. No hay amor sin oración -no hay oración sin perdón, porque el amor es oración-, el perdón es amor. 

Hijos míos, Dios os ha creado para amar, amad para poder perdonar. Cada oración que proviene del amor os une a mi Hijo y al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo os ilumina y os hace apóstoles míos, apóstoles que todo lo que harán, lo harán en nombre del Señor. 

Ellos orarán con obras y no sólo con palabras, porque aman a mi Hijo y comprenden el camino de la verdad que conduce a la vida eterna. 

Orad por vuestros pastores, para que puedan siempre guiaros con un corazón puro por el camino de la verdad y del amor, por el camino de mi Hijo. 

¡Os doy las gracias!”

http://www.virgendemedjugorje.org/

Actualización:
Comentario al mensaje por el P. Justo Antonio:

          Queridos hijos, a todos ustedes los llamo y los acepto como hijos míos. Oro para que ustedes me acepten y me amen como Madre. A todos ustedes los he unido en mi Corazón, he descendido entre ustedes y los bendigo. Sé que de mí ustedes desean consuelo y esperanza, porque los amo e intercedo por ustedes. 
          La Santísima Virgen nos aceptó en la cruz, cuando nuestro Señor dijo a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19:26).
          
Jesús es nuestro Salvador, María es quien no permite que nos desviemos y nos conduce a su Hijo. Dios quiere nuestra salvación, pero entre la voluntad de Dios, que es la de la misma Virgen, y nuestra salvación personal media nuestra propia voluntad. Es decir, en nuestra libertad reside también la aceptación de la Madre del Señor como Madre nuestra. Por ello, aunque Ella aceptó ser nuestra Madre y nunca dejará de serlo, la Virgen no nos impone su maternidad. Ella, la Madre siempre fiel y Reina de todo lo creado, en su gran condescendencia nos llama y nos ruega que escuchemos sus llamados de amor y salvación.

          La maternidad de María es de orden sobrenatural y el lugar en el que fuimos engendrados y en el que permanecemos custodiados y amados es su Corazón. Ella viene a nosotros desde siempre y especialmente, de un modo totalmente único, en este tiempo que también es extraordinario. A quienes se pregunten el porqué, basta responder que observen los signos. ¿Estos tiempos no son por ventura de una gran perversión y gran confusión, donde el peligro de perdición es cada vez mayor? ¿No se atisban acaso en todas partes nubarrones oscuros de crisis, de guerras? Por sobre todo, ¿no se ve la apostasía de la fe en cómo se cuestionan los mismos mandamientos y los fundamentos del dogma y cómo se contraría la sana doctrina del Magisterio de siempre? Los peligros acechan por doquier. A la familia se la quiere destruir y de hecho se la destruye pervirtiendo, desde la enseñanza, a los niños y a los jóvenes y eliminando de hecho y de derecho la patria potestad. En todos los frentes es atacada la Ley de Dios.
          Tiempos oscuros son éstos de gran pecado y confusión y de cómplices o cobardes silencios o de cínicos aplausos. Por eso la Madre Santísima desciende hasta esta miserable realidad nuestra y lo hace como nunca antes. En Medjugorje aparece todos los días desde hace ya 33 años. Y nos bendice y trae las gracias de Dios reavivando -por su guía, protección y consuelo- nuestra esperanza. Viene a mostrarnos todo su amor y a asegurarnos de su perenne intercesión ante Dios. 

Les pido que conmigo se unan en mi Hijo y que sean mis apóstoles 
          
Viene a conducirnos por el camino de conversión y a hacer de nosotros sus enviados, sus apóstoles, para que muchos sean los que se salven.
          Apóstoles no son sólo los que anuncian la salvación de palabra y denuncian el mal y se oponen a él con la fuerza de la oración y de la reparación, sino también los que exigidos por el amor de Dios y la sed de salvación de las almas, interceden por los que se pierden para la eternidad y acuden a ellos con obras de amor. Por eso, a continuación dice:

Para que puedan hacerlo, los invito de nuevo a amar. No hay amor sin oración, no hay oración sin perdón; porque el amor es oración, el perdón es amor 
          
El amor viene de Dios, sólo de Él puede venir. Es el Espíritu que nos infunde el amor; amor que tenemos la libertad de acogerlo, de nutrirlo o de apagarlo. Si nos cerramos en nosotros mismos, es decir si somos egoístas, al amor lo vamos secando, porque en la esencia del amor está la generosidad, el darse. También lo vamos reduciendo en la medida que cultivamos sentimientos negativos como la envidia o nos alegramos de la injusticia o nos ganan los sentimientos de soberbia y somos jactanciosos y engreídos o somos irritables y no controlamos nuestras reacciones o cuando no somos auténticos y hay dobleces en nosotros y la mentira anida en el corazón (Cf 1 Cor 13, 4s). El amor todo lo perdona y esto es tan importante, el perdonar, que hoy nuestra Madre del Cielo nos lo presenta con total nitidez.

          Constantemente, a través de estas décadas, ha insistido en la oración pero no en cualquier oración sino en la del corazón. Esa oración es la del corazón que sabe y quiere perdonar. Para mayor claridad ahora dice que no hay oración sin perdón y subiendo por esa escala agrega que no hay amor sin oración, ya que la oración es en sí misma anhelo de unión con Dios, es el lazo que nos une a Dios, la fuente del amor. Y nos dice algo más que olvidamos y que es la primera verdad de todas:

Hijos míos, Dios los ha creado para amar, amen para así perdonar 
          
Dios nos ha creado para el Cielo, para que gozáramos eternamente de Él. La finalidad de la creación del hombre es vivir inmersos en el amor de Dios y gozar de su esencia. Como por nuestra naturaleza caída, herida por el pecado original, no podemos alcanzar tal beatitud, para que alcanzáramos el Cielo, el Hijo Unigénito se hizo hombre. Por su inmolación al Padre y su Resurrección nos salva y hace posible que seamos elevados por Él, con Él y en Él.
          Jesucristo es el Camino al Padre. Por eso, al Cielo se llega por Cristo, por el amor. En primer lugar, se llega gracias al amor redentor de Dios. Luego por el amor al que estamos llamados a dar.
          El Cielo, en alguna medida, es anticipado en la tierra por nuestra unión con Cristo, permaneciendo en su amor. “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor” (Jn 15: 9-10). Su mandamiento es el amor con la exigencia propia del amor. En momentos de laxitud, cuando pareciera que a Dios, porque es misericordioso, le estuviera impedido juzgar y castigar, es bueno repasar el capítulo 5 de san Mateo donde muestra que Jesucristo no vino a hacer descuentos a la Ley sino a que se aplique en toda su profundidad. El amor no puede ser separado de la verdad ni confundido con la permisividad de una falsa misericordia.
          
          Nos creó para amar, o sea para que pudiéramos un día llegar al Cielo. Quien no ama, quien rechaza sus mandamientos no podrá gozar de Dios, no pasará el juicio que a todos nos espera después del paso por la tierra. “En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz ), y sin perdón no hay amor.

Lo que sigue es la conclusión de lo que antes nos dijo y que hemos comentado:

Cada oración que proviene del amor los une a mi Hijo y al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo los ilumina y los hace apóstoles míos, apóstoles que harán todo en el nombre del Señor. Orarán con obras y no sólo con palabras, porque aman a mi Hijo y comprenden el camino de la verdad que conduce a la vida eterna.
Y concluye pidiendo que recemos por nuestros pastores:

Oren por sus pastores, para que puedan siempre guiarlos con un corazón puro por el camino de la verdad y del amor, por el camino de mi Hijo. 

          
Los sacerdotes junto a todos los fieles, deben rezar por los obispos y también por sus otros hermanos sacerdotes además de por ellos mismos. Los fieles laicos por unos y otros.
          ¿Por qué –podríamos preguntarnos- tanta insistencia en rezar por los pastores? Porque mucha falta hace para que no nos desviemos de la verdad, para que no caigamos en complacencias ni en adulaciones que nos aparten de la verdad de la fe, para que no enseñemos el error ni creamos más confusión, para que, por el Espíritu Santo, seamos luz y tengamos la fortaleza de enfrentar al mundo que rechaza a Cristo, que lo desprecia, lo combate y lo quiere ver desaparecer (quimera imposible) de los corazones de los creyentes.
          Los enemigos de la Iglesia, de fuera y de dentro, están más fuertes y activos que nunca. El pedido de orar para que los pastores sigan el camino de su Hijo, es para que nadie renuncie a la cruz porque –nunca olvidemos- la gloria de Cristo pasó por la cruz y no por el aplauso del mundo.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org




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