13 febrero 2013

Meditación para Miercoles de Ceniza: ¿Quien soy yo y para qué he sido creado?


¿Quien soy yo y para qué he sido creado?

Nos dice Jesús: Estúdiate a ti mismo, oh hijo mío, para que te conozcas bien y veras cuanto vales. Bajo un aspecto eres grande, alto, noble, un poco inferior a los ángeles, inteligente, espiritual e incorruptible...; eres el rey de la creación visible, por lo que todas las criaturas te están subordinadas; eres el predilecto de Dios, lo cual explica la protección especial de su providencia sobre ti, pues te cuida con mayor solicitud que a las aves del cielo y a los lirios de la llanura. 

Bajo otro aspecto, unida como esta tu alma a tu cuerpo mortal, eres pequeño, eres débil como una caña agitada por el viento, eres casi insignificante, eres polvo, eres ceniza, eres nada... Hoy mismo te lo ha recordado la Iglesia, al imponer sobre tu cabeza la simbólica ceniza entre las tremendas palabras: Acuérdate, hombre, que eres polvo y a ser polvo tornaras (Gen 3,19)

Prescinde por un momento de tu orgullo, abate tu soberbia, humíllate en mi presencia y piensa en que todo cuanto tienes de grande, de alto, de noble y de divino en tu ser, me lo debes a Mí que soy tu Dueño y Señor; a Mí que te formé para mi gloria y para hacerte partícipe de la felicidad del cielo, en donde gozarás de una eterna buenaventura.

No te envanezcas por tu talento, por tus cualidades físicas y morales, si las tuvieres; ni por tus riquezas, pues cuanto posees lo has recibido de Mí que soy tu Creador... ¡Cuán bien te lo recuerda el Apóstol Pablo en aquellas hermosas palabras!: ¿Qué cosa tienes, oh hombre, que no hayas recibido de Dios? Y si cuanto tienes, de El lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido de tu Dios? (I Cor. 4,7).

Tú no tienes de ti mismo y en propiedad exclusiva más que tus miserias, tus pecados, tus debilidades;... eres polvo, eres ceniza, eres nada...

En cuanto al fin para que has sido creado y puesto en este mundo, oye lo que dice el Espíritu Santo por boca de Isaías: "Yo lo crié, lo formé y lo hice para mi gloria". (Is. 63,7)

No estás, pues, para gloria de los hombres ni para tu propia complacencia y satisfacción... No estás para gozar de la vida exclusivamente y dar pábulo a tus sentidos y a tus pasiones como los seres irracionales, ni para seguir en todas las cosas tu propio capricho, y vivir una vida muelle entre placeres y divertimientos, cómo si esto constituyera tu último fin... 

No; tu misión en la tierra, cualquiera que sea tu condición social y tu estado, es la de conocer bien a Dios por medio de la religión, amarlo y servirlo con todo el corazón y con todas las fuerzas de tu espíritu, para que promuevas su gloria y te salves a ti mismo. "Teme a Dios, dice el Autor Sagrado, y guarda sus mandamientos: porque esto es todo el hombre, (Ecles. 12, 13), es decir porque en esto está su verdadera felicidad en la tierra.

Naturalmente, que mientras estés en este mundo cumpliendo esta misión de fe, de amor y de servicios divinos, tienes que cumplir al mismo tiempo con tus deberes de familia y de sociedad. 

Amarás a los tuyos, amarás a tus semejantes, harás "el mayor bien que" te sea posible, te divertirás honestamente, descansarás de tus fatigas del trabajo, y harás el uso debido y conveniente de las criaturas que te rodean, y que te han sido dadas para que te sirvan de medio y no de ultimo fin... 

Tu último fin, la razón de tu existencia, el verdadero motivo de tu peregrinación por la tierra, es Dios, tu Creador y tu Dueño absoluto, a quien debes de procurar la mayor gloria, conociéndolo, amándolo, sirviéndolo y rindiéndole los homenajes de sumisión, reverencia y adoración que El merece por ser quien es. Advierte que andas en los caminos del mundo como un peregrino de vida corta y breve, y que cada día vas adelantando hacia la eternidad donde está tu destino definitivo, y que no debes detenerte en ese constante caminar, si no es para hacer el bien y trabajar por la gloria de tu Dios. Conviene que no te entretengas demasiado en la contemplación de las criaturas, pues éstas no han de servirte más que de medio para que obtengas tu último fin...

Coloquio.- Señor mío, mi Maestro y mi Dios: ahora sí podré apreciar mi grandeza porque Tú me la haz mostrado en esta meditación. Ahora si sé que tengo un gran valor ante tus ojos, porque me haz dicho que soy inteligente, espiritual e incorruptible y que estoy destinado a participar de tu gloria y de tu eterna felicidad... 

También quedo entendido de que, en cuanto al cuerpo, nada valgo, porque me dices que soy polvo, ceniza, nada;... que mi vida es como una sombra que pasa, como una flor que, apenas nacida, muere en su tallo...; que sólo tengo en propiedad mis debilidades, mis pecados, mis miserias. 

En adelante, yo quiero vivir sólo para Ti, Señor, que eres mi último fin y mi felicidad. Quiero vivir: conociéndote, amándote y sirviéndote con todo mi corazón y con todas las fuerzas de mi vida entera...

Propósito.-Haré cuanto pueda, ayudado siempre de la gracia de Dios, por cumplir bien con todos mis deberes, pensando que al cumplirlos, amo y sirvo en ello a Dios Nuestro Señor para cuya gloria he sido creado. Viviré la vida de familia y de sociedad, sin que me aparte, ni por un momento, del camino que me ha de llevar al cielo.


Fuente:"La Reforma de la vida a los pies de Cristo Maestro"
Lecciones de Cuaresma y Semana Santa
Autor: Mons. Sepulveda

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