11 enero 2013

Lo que conviene hacer cuando nuestra voluntad parece vencida y derrotada por las pasiones y malos instintos

Muchas veces nos sucede que nuestra voluntad se encuentra muy débil y sin las fuerzas suficientes para ser capaz de resistir los ataques y asaltos de las pasiones y de los perversos deseos que invitan a obrar el mal. En estos casos no hay que desanimarse ni dejar de luchar y aunque los atractivos del mal sean sumamente
fuertes, por más que hayamos caído muchas veces es necesario recordar siempre este principio animador: "En la lucha por la santidad, lo que cuenta y vale no es solamente el número de victorias o derrotas que obtenemos sino el esfuerzo que hacemos por permanecer siempre fieles a la voluntad de Dios". Perder una batalla o diez no es perder la guerra. Quien sigue luchando puede terminar triunfando.

Una pregunta. El alma debe preguntarse frecuentemente: ¿En verdad quiero vencer esta pasión? ¿Deseo triunfar sobre esta mala inclinación? ¿Me propongo seriamente tratar de obrar de tal manera que mi buen Dios quede contento de mi comportamiento? ¿Hago esfuerzos por no dejarme derrotar por este vicio o mala costumbre? ¿Quiero preferir cualquier otro mal antes que el pecado? Si se puede responder afirmativamente, hay ya una gran esperanza de triunfo. Macabeo en la Sagrada Biblia decía: "A Dios le da lo mismo conceder la victoria con muchas fuerzas que con pocas". Aunque muestras fuerzas son muy poquitas, nuestra misma debilidad le proporcionará una ocasión más a la Omnipotencia y misericordia de Dios para conceder victorias.


¿Y si la situación se hace desesperada? Puede suceder muchas veces que los enemigos de nuestra santidad nos asalten con tanta violencia que la voluntad ya debilitada y cansada se siente sin fuerzas para poder resistir. Pues tampoco en este caso debemos rendirnos. Hay qué decirse a sí mismo: "No me rindo. No consiento. No entrego mis armas". "Sé muy bien en quién he puesto mi esperanza, y tengo la seguridad de que Él es Poderoso para defender mis tesoros" (2Tm 1, 12). El peor derrotado es el que fácilmente se declara vencido. Hay que repetir con el salmista: "Dios mío ven en mi auxilio. Señor: date prisa en socorrerme" (Sal 69). "Mira Señor, cómo atacan. No me abandones. Dios de mi salvación". "Recuerda Señor que en el camino por donde avanzo me han escondido una trampa". Y si perseveramos en confiar en Dios e implorar su ayuda podremos repetir las palabras del Salmo: "Si el Señor no nos hubiera auxiliado, nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes. Pero el Señor ha sido bueno y no
permitió que nos arrastrara la corriente".

Una ayuda muy eficaz. Para poder ayudar a la voluntad a fin de que no quede totalmente derrotada en los ataques que recibe de la pasiones y de las inclinaciones hacía el mal, produce muy buen efecto en pensar meditar en lo útil y provechoso que es resistir a esas tentaciones y el lograr obtener la victoria. Pensar que los premios que vamos a recibir de Dios si salimos vencedores van a ser muy grandes y que los males de los cuales nos veremos libres sino aceptamos las malas insinuaciones, son inmensos.


Un ejemplo. Supongamos que el enemigo que nos ataca es la impaciencia. Que nos aflige alguna injusta persecución, o que un trabajo nos resulta molesto y cansón, o un sufrimiento es muy doloroso, o que una situación se nos hace antipática y repugnante y queremos explotar en actos de impaciencia y mal humor y empezar a quejarnos y a protestar. En ese caso conviene pensar lo siguiente:



1o Considerar que ese mal lo merecemos por nuestros pecados, y en caso de que nos haya sucedido por nuestra culpa con mayor razón, pues tenemos que soportar la herida que nosotros mismos nos hicimos con las propia manos.

2o Si el mal no nos llegó por culpa nuestra, considerar que nos sirve para pagar pecados de la vida pasada, los que todavía no nos ha castigado la Justicia Divina y de los cuales no hemos hecho la debida penitencia. Mucho mejor pagar aquí donde ganamos méritos y gloria sufriendo, que tener que irlos a pagar en el purgatorio donde quizás las penas sean más rigurosas y con menos merecimientos. Al pensar en esto debemos recibir los sufrimientos y contrariedades no solamente con paciencia, sino con alegría y dándole gracias a Dios por ellos.

3o Recordemos cuando tenemos algo que nos hace sufrir y que nos invita a la impaciencia, que si aceptamos las penas y contrariedades de cada día estamos cumpliendo la condición que Jesús exige para poder entrar en el Reino de los cielos, que es entrar por la puerta estrecha del sufrimiento y de la mortificación, y aquello que tanto recomendaba san Pablo: "Es necesario pasar por muchas tribulaciones para poder entrar al Reino de Dios" (Hch 14, 21).

4o No olvidemos que cuanto más padecemos y más somos humillados en esta tierra tanto más nos asemejamos a Jesús cuya vida estuvo llena de padecimientos y de humillaciones. Y cuanto más seamos semejantes acá en este mundo a Jesucristo, más alto será nuestro puesto en el cielo.

5o Pero en lo que más se debe pensar en toda ocasión en que tengamos que sufrir, es en que recibiendo con paciencia nuestros sufrimientos estamos cumpliendo la voluntad de Dios, pues Él que habría podido muy bien hacer que tales padecimientos no nos llegaran, los ha permitido, y si los permite es seguramente para nuestro bien, pues lo único que desea para nosotros es nuestro mayor bien. Aquí no lo entendemos por qué permite semejantes contrariedades, pues en esta vida vemos lo que Dios permite como quien mira una alfombra por el revés y sólo observa un grupo de hilachas en desorden. Pero en la otra vida veremos la alfombra por el lado derecho y entonces sí que nos convenceremos de que todo lo que Dios permitió que nos sucediera fue una verdadera obra de arte dedicada a santificarnos y hacernos merecedores de grandes premios y mucha gloria en el cielo. Cuanto con más paciencia aceptemos lo que Dios permite que nos suceda, más contento tendremos a Nuestro Señor.

Cápitulo 14, EL COMBATE ESPIRITUAL P. Lorenzo Scúpoli

1 comentario:

  1. Anónimo1:44 p.m.

    Por motivos propios o ajenos, el dolor amargo que vive el alma desesperada, no encuentra paz en nada ni en nadie, la voluntad esta perdida y se encuentra a merced de las tempestades que flagelan el alma, tal vez el ultimo y sutil rayo de luz que hay en la mente, alcanza solo para decir; perdóname Dios mio...

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