23 abril 2012

El día de nuestra muerte


Ya que esa hora va a llegar, mejor será estar bien preparados desde ahora.. porque del modo como nos hallemos en ese trance, dependerá nuestra eterna bienaventuranza o nuestra perdición eterna.

Pero ¿por qué sucede entonces que un gran número de cristianos vivan como si nunca se fueran a morir, o como si el morir en amistad con Dios o en enemistad con El no tuviera mayor importancia? Muchos viven mal y en pecado continuo porque piensan muy poco en la muerte que les espera, y no cumplen aquel consejo del Libro Santo:
"En todas tus acciones recuerda lo que te espera al final de tu vida, y verás que dejas de cometer muchos pecados" Eclesiástico 7,36

Nuestro Señor hace esta advertencia en el Libro de los Proverbios:
"Cuando lleguen como un huracán el espanto, la desgracia, la angustia y la tribulación, me llamarán y no responderé, me buscarán y no me encontrarán, porque no quisieron aceptar a tiempo la instrucción piadosa y no tuvieron temor de ofender a su Dios y no hicieron caso de mis buenos consejos, y entonces comerán el fruto de su conducta." (Prov. 1,27)

¡ Oh, que tormento traerá a la memoria a la hora de la muerte el recuerdo del tiempo perdido y del tiempo en hacer o decir o pensar lo que es malo!
¡Que tristeza sentiremos entonces al pensar que perdimos y malgastamos el tiempo que Dios nos concedio para ganarnos premios eternos y que ese tiempo ya nunca volverá!

¡Que angustias podremos sentir al final de la vida el pensar que ya no tenemos tiempo suficiente para hacer penitencias por nuestros pecados, ni para recibir con la debida frecuencia los sacramentos, ni para oír la Palabra de Dios, ni visitar en los templos a Jesús Sacramentado, ni para ir a visitar y auxiliar a los pobres y a consolar a los enfermos y encarcelados, ni para leer los Salmos y demás oraciones que nos podrían traer tan alto grado de gloria en el cielo!

Lo hecho, hecho esta, y ya es muy poco lo que podremos añadir!
Entonces se cumplirá lo que dice el Apocalipsis:
"Ya no habrá mas espera." (Ap. 10,6)

¿Quién será el que en la hora final logrará tener tranquila su conciencia y estar sin escrupulos y con todos sus pecados ya perdonados?

Extraído de la decima meditación de las 33 meditaciones para Prepararse para la muerte y la eternidad, libro escrito por San Alfonso de Ligorio.

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