05 abril 2007

Jueves Santo

"Oh Jesús mío! ¡Oh eterna dulzura para los que te amamos! ¡Oh gozo supremo que supera todo gozo y deseo! ¡Oh salvación y esperanza de nosotros, viles pecadores! Infinitas pruebas nos has dado de que tu mayor deseo es estar siempre con nosotros; y fue este sublime deseo, ¡Oh bendito amor! el que te llevó a asumir la naturaleza humana. Oh Verbo encarnado, recuerda aquella Santa Pasión que abrazaste por nosotros, y para cumplir con el divino plan de reconciliación de Dios con su criatura.


Recuerda, Señor, tu última cena, cuando rodeado de tus discípulos, y después de haberles lavado los pies, les diste tu precioso cuerpo y sangre. Recuerda también cuando tuviste que consolarlos al anunciarles tu próxima Pasión.


Es en el Huerto de los Olivos, Oh Señor, donde se escenificaron los peores momentos de tu Sagrada Pasión: porque fuiste invadido por la más infinita de las tristezas y por la más dolorosa de las amarguras, y que te llevaron a exclamar todo lleno de horror y de angustia: "¡Mi alma esta triste hasta la muerte! . . . Tres horas duró tu agonía en aquel jardín; y todo el miedo, angustia y dolor que padeciste allí, ¡fueron tan grandes! que te causó sudar sangre copiosamente. Aquello escapaba toda descripción, hasta tal punto que sufriste más allí que en el resto de tu Pasión, porque ante tus divinos ojos desfilaron aquellas terribles visiones de los pecados que se cometieron desde Adán y Eva hasta aquellos mismos instantes. Además de los pecados que se estaban cometiendo en aquellos momentos por toda la faz de la tierra, y los que se cometerían en el futuro, ¡siglos enteros! ¡Hasta la consumación de los tiempos!


Pero, ¡Oh amor que todo lo vence! A pesar de tu temor humano, así contestaste a tu Padre:


No se haga mi voluntad, sino la Tuya!"


E inmediatamente, tu Padre envió aquel precioso Ángel para confortarte. Tres veces oraste, y al final llegó tu discípulo traidor, Judas. ¡Cuánto te dolió aquello!


Fuiste arrestado por el pueblo de aquella nación que Tú mismo habías escogido y exaltado. Tres jueces te juzgaron, falsos testigos te acusaron, cometiendo la humanidad el acto más injusto de su historia: ¡condenando a muerte a su Autor y Redentor! ¡A aquél que venía a regalarnos la vida eterna! Te despojaron de tus vestiduras y te cubrieron los ojos e inmediatamente aquellos soldados romanos comenzaron a abofetearte, y llenarte de escupitajos, y golpes llovieron contra tu delicado cuerpo. Y te retaban a que les dijeras quién era el que te lo hacia. De repente, aquella corona de espinas te la incrustaron en la cabeza mutilándotela de mala manera, ¡rompiendo carne, venas y nervios! Para completar la mofa a tu condición de Rey, te dieron como cetro una vulgar caña que colocaron en tus sagradas manos.


Oh, sublime enamorado de nuestras almas, recuerda también cuando te ataron a la columna. ¡Cómo te flageló aquella gente! No quedó lugar alguno en tu maravilloso cuerpo que no quedara destrozado bajo los golpes de los látigos. Otro cuerpo humano hubiese muerto con menos golpes. La escena era terrible: ¡huesos y costillas podían verse! ¡cuánta furia desatada contra el Hombre-Dios!


Oh Jesús mío, en memoria de aquellos crueles tormentos que padeciste por mí antes de la crucifixión, concédeme antes de morir, un verdadero arrepentimiento de mis pecados, que pueda satisfacer plenamente por ellos, que haga una santa confesión, que te reciba bajo el velo eucarístico, y así alimentada mi alma, vuele yo hacia Ti. Así sea."


Fuente: Veinte divinas promesas, dadas para toda la humanidad a Santa Brigida en el siglo XIV.

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