05 mayo 2006

Meditación en la muerte



Muy pronto vendrá tu fin en este mundo. Mira por tu parte en qué estado te encuentras; porque hoy existe el hombre, y mañana ya no aparece. Y cuando se le quita de enfrente, también pronto se va de la mente.

¡Oh aturdimiento y dureza del corazón humano que solamente considera lo presente, sin prever mas bien lo futuro!

En todos tus actos, en todos tus pensamientos, debieras conducirte como si hoy mismo hubieras de morir. Si buena conciencia tuvieras, la muerte no tanto temieras. Mejor fuera evitar los pecados que huir de la muerte.

Si no estás preparado hoy, ¿lo estarás mañana?

El día de mañana no es seguro, ¿Cómo sabes tú que mañana vivirás?

¿De qué nos sirve vivir mucho, si nos enmendamos tan poco? ¡Ah! Que una larga vida no siempre nos corrige, antes suele aumentar más las culpas.

¡Siquiera hubiéramos vivido bien en este mundo un solo día!
Muchos llevan la cuenta de sus años de conversión, pero a menudo es poco el fruto de la corrección. Si temible es el morir, tal vez sea más peligroso el mucho vivir.

¡Dichoso aquél que tiene siempre a la vista la hora de su muerte, y a la muerte todos los días se prepara!

Si haz visto morir a alguno, piensa que tú también pasarás por ese camino.

Cuando amanezca, piensa que no anochecerás; y cuando anochezca, no estés seguro de amanecer. Vive siempre preparado, viviendo de tal manera que la muerte no te sorprenda desprevenido.
Muchos mueren de repente, y desprevenidos, pues el Hijo del hombre llegará cuando menos se piense.

Al llegar aquella hora suprema, comenzarás a pensar muy de otra manera acerca de tu vida pasada, doliéndote mucho el haber sido tan descuidado y tan decidioso.


¡Qué dichoso y qué prudente el que procura pasar la vida como quisiera que lo hallara la muerte!

Gran confianza de morir bien, infundirá el entero desprecio del mundo, el anhelo ferviente de adelantar en la virtud, el amor de la observancia, la aspereza de la penitencia, la prontitud en la obediencia, la abnegación de sí mismo, y el soportar toda clase de adversidades por amor a Cristo.

Estando sano, puedes hacer muchas obras buenas; estando enfermo, quién sabe qué podrás hacer. De resultas de una enfermedad pocos mejoran de vida. Los que mucho viajan rara vez se hacen santos.


No dilates tu conversión hasta más tarde...Más pronto de lo que piensas, los hombres te olvidarán. Es mejor proveer ahora a tiempo, echando por delante algunas obras buenas, que esperar en ayudas ajenas.

Si ahora no te preocupas tú por ti mismo (por tu alma), ¿quién se preocupará por ti después?

Ahora es el tiempo muy valioso: estos son los días de salvación, éste es el tiempo favorable. Pero...¡Qué lastima que no lo aproveches mejor pudiendo hacer méritos para la vida eterna!

Llegará el tiempo, el día, en que desees siquiera un día, siquiera una hora para enmendarte, y quién sabe si lo alcanzarás.


¡Ah, queridísimo amigo! ¡De qué gran peligro puedes escapar, de que gran temor verte libre si ahora andas siempre con miedo a la muerte recelando su llegada!

Procura vivir de tal modo que a la hora de la muerte más bien tengas alegría que temor.

Ejercitate ahora en morir al mundo, para que entonces empieces a vivir con Cristo.


Dime tonto: ¿cómo calculas vivir mucho, si ni un solo día tienes seguro?

¡Cuántos ilusos dejaron inesperadamente muertos sus cuerpos!

¡Cuántas veces habrás oido contar que uno cayó al filo de la espada, otro se ahogó, éste se cayó de una altura y se quebró la nuca, aquél se quedo tieso comiendo, y aquel otro acabo la vida jugando!

Uno murió ardido, otro traspasado del hierro, éste, de peste, aquél, a manos de bandidos: así acaban todos muriendo, y veloz como una sombra pasa la vida del hombre sobre la tierra.


Despues de muerto, ¿quién se acordará de ti? ¿quién rezará por ti?

Haz ahora, haz ahora lo que puedas, queridísimo amigo; porque no sabes cuándo morirás, ni qué pasará después de tu muerte.

Mientras tengas tiempo, atesora riquezas inmortales.

Atiende a tu salvación; preocúpate de las cosas de Dios.

Ahora imita a los santos de Dios en sus virtudes; para que cuando mueras “te reciban en las moradas eternas”.

Al cielo eleva todos los días tus oraciones, tus gemidos, para que tu espiritu merezca irse con Dios despues de tu muerte. Amen.

Autor:Tomas de Kempis, Libro: Imitación de Cristo

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