11 abril 2006

Gran error: olvidar un asunto tan importante, nuestra salvación

Decía San Eusebio que el error más dañoso que puede cometer un creyente es olvidar que tiene que buscar su eterna salvación. Otros errores se pueden reparar. Así por ej. Si se pierden los bienes de fortuna se pueden volver a conseguir trabajando y negociando. Si se pierde un cargo se puede volver a conseguir otro. Y aún la vida terrena, si se pierde, se puede reemplazar por la Vida Eterna que es mucho mejor. Pero en cambio la eterna salvación, si se pierde, se ha fracasado del todo sin remedio. Si uno no se salva, está perdido irremediablemente para siempre.

Dice la carta a los Hebreos: “Está decretado que el ser humano muera una sola vez” (Hebr. 9,27) Se muere una sola vez, y si se muere en pecado mortal se está perdido para siempre. Entonces se cumplirá lo que anunció el profeta Jeremías: “Pasó el tiempo de la cosecha, pasaron las estaciones de la vida, y nosotros nos quedamos sin ser salvados” (Jer. 8,20)

Preguntemos a los que fueron “prudentes” según el mundo, pero “imprudentes” según Dios, y se dedicaron solo a conseguir lo de esta tierra sin interesarles conseguir su eterna salvación, preguntémosles si están contentos ahora en la eternidad y quizá tendrían que respondernos ahora lo que el Libro de la Sabiduría pone en labios de los que no se interesan por su salvación: “Nos equivocamos al escoger nuestro camino y nos alejamos de la verdad. Nos dedicamos a recorrer los caminos de la perdición, y no quisimos recorrer los caminos de Dios; y nuestro orgullo y nuestras riquezas desaparecieron como una sombra, y ahora nos ahogamos en nuestra propia maldad.” (Sab. 5,6)

¿Qué gran pesar sentiría el que habiendo podido evitar con un poco de trabajo y esfuerzo la ruina de su propia casa, la hubiera dejado caer y desplomarse por completo? ¡Cómo se lamentará de que por su descuido, su casa se haya derrumbado! Pues mucho peor será la angustia de quienes pudiendo salvarse, sin embargo por su descuido se pierden eternamente.

Comenta Santa Teresa que si a uno se le pierde un vestido, o una joya, o un dinero, pierde la paz y la tranquilidad y a veces hasta el sueño por eso solo. Y que de ahí debemos deducir cuan grande será la angustia de quien al llegar a la eternidad se da cuenta de que ha perdido su eterna salvación. Y tendrá que exclamar con gran tristeza: ¡Perdí la oportunidad de estar siempre junto a Dios y gozando de su divina amistad, y todo por culpa mía!”

Alguno dirá: “Es que yo cometo el pecado, pero después me arrepentiré y así me salvaré”. ¿Y quien le puede asegurar que si va a recibir de Dios la gracia de arrepentirse?
Dice el Señor por medio del profeta Oseas: “Ay de los que viven alejados de Mí. Les llegará la ruina por haberse rebelado contra Mí." (Os 7,13)

Otro dice: “¿Pero y si de pronto si me salvo, aunque siga pecando?”. Cómo es que alguno de nosotros seria tan imprudente que sin saber nadar se lanzara a un pozo muy profundo diciendo: “¿Y si de pronto no me ahogo?”
Es que tratándose de algo tan serio y tan eterno no conviene andar arriesgándose a perderlo todo. San Juan Crisostomo alerta a los imprudentes advirtiéndoles: “Lo que aquí están arriesgando es perderse una vida eterna en el Reino Celestial y conseguir la perdición eterna en la condenación.”



Acerquémonos hoy a Dios, hoy podemos confesarnos, hoy que tenemos tiempo, hoy que tenemos vida,¿mañana...? nadie nos puede asegurar el mañana.


Fuente: Libro "Preparación para la muerte" Autor: San Alfonso Ma. de Ligorio

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