15 marzo 2006

Como podemos conocer si obramos con desconfianza en nosotros mismos y confianza en Dios.

Muchas veces las almas creen ser lo que no son, se imaginan que ya consiguieron la desconfianza en sí mismas y la suficiente confianza en Dios, pero es un error y un engaño que no se conoce bien sino cuando se cae en algún pecado, pues entonces el alma se inquieta, se desanima, se aflige y pierde la esperanza de poder progresar en la virtud; y todo esto es señal de que no puso su confianza en Dios sino en sí misma, y si su desesperación y su tristeza son muy grandes, esto es un argumento claro de que confiaba mucho en sí y poco en Dios.


Diferencia: quien desconfía mucho de sí mismo, de su debilidad e inclinación al mal y pone toda su confianza en Dios, cuando comete alguna falta no se desanima, ni se inquieta demasiado, ni se desespera, porque conoce que sus faltas son un efecto natural de su debilidad y del poco cuidado que ha tenido en aumentar su confianza en Dios;

antes bien, con esta amarga experiencia aprende a desconfiar más de sus propias fuerzas y a confiar con mayor humildad en la bondad de Nuestro Señor, aborreciendo con toda su alma las faltas cometidas y las pasiones desordenadas que llevan a cometer esos errores; pero su dolor y su arrepentimiento son suaves, pacificos, humildes, llenos de confianza en que la Misericordia Divina le tendrá compasión y le perdonará; y vuelve otra vez a sus prácticas de piedad y se propone enfrentarse a los enemigos de su salvación con mayor ánimo y más fuerza y sacrificio que antes.


Una causa engañosa. En esto es importante que piensen y consideren algunas personas espirituales que cuando caen en alguna falta se afligen y se desaniman con exceso, y muchas veces, quieren más librarse de la inquietud y pena que su pecado les proporciona, que por recuperar otra vez la plena amistad con Dios; y si buscan rápidamente al confesor no es tanto por tener contento a Nuestro Señor, sino por recuperar la paz y tranquilidad a su espíritu.

(Por eso cierto confesor a una religiosa qeu le decía que había gritado esa tarde a su superiora, le dijo: “Por hoy no se confiese todavía*. Aguarde a que pasen tres días y cuando le haya pedido excusas a su superiora venga a pedir el perdón por medio de su confesor.” Así evitaba aquel sacerdote que esa alma buscara solo obtener su propia paz y tranquilidad, en vez de buscar primero hacer la paz y amistad con Dios y con la persona ofendida)
*Pienso que si hubiese sido un pecado mortal si la hubiera confesado, porque nadie sabemos cuanto nos queda de vida. Pero en este caso es para la enseñanza de buscar primero la paz y amistad con Dios, y no nuestro alivio de conciencia.


Preguntas muy importantes:
Cada cual debe preguntarse de vez en cuando:
¿Cuáles la causa de la tristeza que siento por haber pecado?
¿El haber disgustado al buen Dios? ¿El haber hecho daño a los demas?
¿El haber afeado horriblemente mi alma con el pecado?
¿El haber perdido un grado de brillo y de santidad para la eternidad?
¿El haberme acarreado un castigo más para el día en que el Justo Juez pague a cada uno según sus obras y según su conducta?
¿O simplemente lo que me entristece es que mi amor propio y mi orgullo quedaron heridos?
¿O que mi apariencia de santidad quedó disminuida?
Importante preguntarse esto muchas veces.


Autor: P. Lorenzo Scúpoli /Libro: El Combate espiritual.

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